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La mujer y sus compromisos impuestos

por Susy Anderman



Dado que buscamos entre los más profundo de nuestros anhelos por encontrar en la persona amada nuestras propias deficiencias, retomo de nuevo a Lacán: “en el amor, uno da lo que no tiene a otro que no es”, y la mujer imaginaria de Sachs de la que Freud toma el nombre de su primer revista, Imago, podría ejemplificar la perspectiva de las idealizaciones, que según Marianne Williamson en su libro La plenitud del amor, dice: “Ver las cosas color de rosa no es lo peor que podemos hacer, porque a veces eso nos ayuda a percibirlas mejor. El ‘encantamiento’, como la santidad, está debajo del velo. Es un mundo que surge cuando nuestra percepción va más allá de lo que nos revelan los ojos físicos. Decidimos mirar más allá de la personalidad, a una realidad más dulce y tranquila que hay más allá. Allí encontramos un amor más profundo, más creativo. Llegamos allí por elección, por propia decisión. Constituye un rito de iniciación llegar a esa dimensión, somos nosotros quienes tomamos la decisión de entrar a sus raíces sagradas (al Amor). Tanto si el ser amado es una persona real como si no es más que un anhelo, tenemos que bendecir el camino que lo conduce hasta nuestra puerta”.
Repetidamente he escrito acerca de la situación de la mujer en varios de los muchos aspectos que conlleva este tema, sin embargo, después de mucho pensar y después de haber sido espectadora de muchas historias, me queda muy claro que la condición de la mujer no puede ser equiparable a la del hombre por una razón muy grande, que nosotras las mujeres, con toda la liberación psicológica en la que podamos manejarnos, tenemos una característica que nos impide hacer cualquier tipo de comparación con el otro género, y se trata nada más ni nada menos que de la maternidad. Si revisamos la literatura acerca de la sexualidad femenina, encontraremos obras como la de Harelock Ellis, quien a principios del siglo XX, si mal no recuerdo, dejó pasmada a la sociedad cuando describió la forma en la que las mujeres podían disfrutar del sexo sin ningún tipo de atavismo social o psicológico, cosa que la historia, la religión y la cultura escondían, como el tema más prohibido de la especie humana. Cuando recordamos a “las hermanas magdalenas”, en plena década de los sesentas, sufrir el castigo por el uso de su sexualidad, no podemos menos que pensar como demostrada, la penosa situación de la mujer en la historia que aún cargamos a cuestas, no sólo en el inconsciente sino en toda nuestra condición de género. 
Recuerdo a un gran personaje que luchó incansablemente por legalizar el control de la natalidad y estimuló el movimiento de la liberación de la mujer, Margaret Sanger, quien comenzó a crecer hasta convertirse en la mayor influencia de todos los tiempos, como lo predijo el futurista e historiador H.G. Wells en 1931. La profecía de hace más de setenta años acreditó a esta mujer el poder que adquirieron los movimientos de las mujeres, cuando la libertad de la reproducción llegó a ser más o menos aceptada.
Nacida en 1879 entre la clase trabajadora irlandesa, allí mismo en dónde más de cuarenta mil mujeres vivieron en los conventos de las magdalenas, Margaret fue testigo de cómo su madre moría lentamente, después de dieciocho embarazos y de once alumbramientos. Mientras trabajaba como enfermera practicante con mujeres de clase media en uno de los barrios más pobres de Nueva York, antes de la Primera Guerra Mundial, Margaret vio mujeres denigradas en su salud, y corrompidas en su sexualidad y en su capacidad de cuidar a sus hijos ya nacidos. Más tarde, su clínica instalada en 1916 tuvo 464 pacientes, hasta que fue arrestada y sentenciada a treinta días de encierro en un asilo. Antes ya había recibido una citación judicial y huyó a Londres, donde conoció al sexólogo Havelock Ellis, quien se convirtió en su amante y consejero. Gracias a Sanger, en 1965, un año antes de su muerte, la Suprema Corte suprimió en Connecticut la ley que prohibía el uso de contraceptivos para parejas casadas. Sin embargo, los estragos en la mentalidad de la mujer seguirán manifestándose día a día, cuando sabemos que tenemos una responsabilidad mayor como portadoras de la maternidad, por una parte y por la otra, que somos las encargadas de proteger a los hijos y de brindarles las bases de su educación y formación como individuos, aunque claro, se ha avanzado mucho en la participación conjunta en este compromiso.

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